Revista Caras

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PORTADA
María Ignacia Allamand
‘NO ME ESCANDALIZA LA LIBERTAD SEXUAL DE LOS JÓVENES’


Esta historia comienza con otra historia. Una inventada. Ficticia. Soñada. No es más que una escena, aunque tal vez haya habido otras que he olvidado: María Ignacia Allamand con el ceño fruncido, la boca desdibujada y rabiosa, un golpe de puño sobre la mesa, una puteada al aire y el fin de la entrevista. Alguien (los diarios, las revistas, los inventores del rumor, es difícil determinarlo) ha instalado la idea de que María Ignacia Allamand es una antipática, una chica intratable, un pequeño monstruo de 26 años y ojos pardos. Temiendo que la escena del sueño se haga realidad se lo pregunto en el café El Mundo, en la Ñuñoa profunda, hasta donde acaba de dejarla Tiago Correa, su novio en Mala Conducta (la nueva teleserie de Chilevisión) y en la vida real. “Tengo un carácter fuerte, pero no sé de dónde sacan que soy pesada o intratable, ¿quién dice eso?, ¿los que me conocen? Y si es gente que no me conoce, ¿por qué lo hace”, se pregunta con una intensidad casi adolescente.
María Ignacia Allamand hace rato dejó de ser simplemente la hija de Andrés Allamand. No es que haya renunciado a la paternidad del dirigente de RN, pero los medios ya no requieren citarlo a él cuando la mencionan. Tal vez era necesario durante la promoción de Se Arrienda (2005), la película en donde Alberto Fuguet la hizo debutar. Pero después de esa aparición y de interpretar a Eloísa en Vivir con 10, basta su nombre como carta de presentación. Independiente, franca y liberal, le gustan los perros tanto como la literatura japonesa —alucina con Haruki Murakami y con las guías turísticas de Tokio—, Radiohead o el trabajo de Quentin Tarantino, con quien sueña grabar algún día. No está inscrita en los registros electorales y tampoco entiende que la Iglesia Católica no se recicle. Frente al inicio de la guerra de las teleseries está convencida de que Mala Conducta puede pelear de igual a igual los puntos del rating a sus pares de TVN y Canal 13.

SI EL GUIÓN ES BUENO ESTÁS EN CONDI-CIONES DE PELEARLE A CUALQUIERA. La historia intenta retratar lo que somos como país. Habla de la familia, de sus quiebres, de lo importante que son las segundas oportunidades que en Chile se están imponiendo y valorando cada vez más, la gente está mucho más abierta a volver a empezar. Mi abuelo decía que el matrimonio para siempre fue un invento cuando la expectativa de vida era de cincuenta años, pero ahora que es hasta los noventa no tiene mucho sentido...”.
—Hay quienes sostienen que tu rol en Mala Conducta es mucho más difícil, porque con Eloísa tenías algunos puntos en común y con Martina no.
—Martina es una perna. No es tonta, sino excesivamente buena. Cree en la bondad de las personas, en la familia y sus valores. Es muy inocente. No es una niña sin cerebro; de hecho estudia medicina. Pero sí es naif. La Eloísa era una cabra de quince años a la que se le permitía todo. A mí me gritaban: ¡eres igual a ese personaje! Y yo les respondía: ¡cómo vamos a ser iguales si yo tengo diez años más! En lo único que nos parecíamos era en que las dos expresábamos todo para afuera. En este sentido, hacer a la Martina va a ser más complejo porque voy a tener que conectarme con mi parte más privada, con la ternura, la inocencia, con cosas que tengo pero que no suelo utilizar con frecuencia.
—Afirmas que Mala Conducta hará un retrato del país y en ese país está también la juventud, ¿cómo ves a los jóvenes?
—El otro día leía en The Clinic un comentario de Nicolás Copano. Decía que estaba impactado porque de un año a otro los estudiantes habían pasado de ser revolucionarios, capaces de parar a todo un país y de reunirse con la presidenta, a convertirse en pokemones que andan ponceando y aparecen en el Diario de Eva.
—¿Y qué te pasa con eso?
—Me encanta que tengan una voz, que se hagan escuchar, que hayan desarrollado un lenguaje para comunicarse a través del chat. Para algunos eso es terrible. Pero ellos encontraron una forma de simplificar la manera de relacionarse. No veo nada malo. Lo que sí me inquieta es esta despreocupación por las enfermedades de transmisión sexual. Eso es grave. Que sean liberales y que se quieran expresar no me importa.
—¿Te refieres a la libertad sexual?
—Siento que muchos están escandalizados por la libertad sexual de los jóvenes. A mí no me escandaliza. Me gusta que puedan elegir. Incluso si eres ultracatólica y quieres llegar virgen al matrimonio para después tener 300 hijos… No sé si yo lo haría. Pero celebro que quien quiera hacerlo lo haga. Lo que me preocupa, insisto, es que sepan que existe el Sida y no se cuiden.

A LOS 15 TOMÓ UN AVIÓN Y PARTIÓ SOLA A ESTUDIAR A AUSTRALIA. Estuvo un año de intercambio. Más tarde viajó con toda su familia a Estados Unidos, donde hizo los dos últimos años de la enseñanza media. Después de cumplir la mayoría de edad se fue a vivir con su novio a Buenos Aires, pero luego de tres años terminó la relación. Estando allá le tocó vivir la separación de sus padres. Y algunos años antes, la muerte de su hermano menor: Juan Andrés.
“Cuando pierdes a alguien muy querido cambias. Yo tenía 21, me estaba yendo a Buenos Aires... Y sin duda me marcó... Mi hermano no era feliz. Uno tiene esa conciencia... O sea, yo no sé si era feliz, no tengo la certeza... Pero era un niño que no podía correr, no podía jugar. Entonces, cuando él muere también hay una parte tuya que descansa.
—Y la separación de tus padres, ¿cómo la viviste?, ¿te sorprendió?
—En la práctica no la sentí tanto, ya no vivía con ellos. En todo caso, lo hablé con ambos y los entendí. ¿Si me sorprendió? No, aunque tampoco era algo que esperaba. Soy de la idea que las personas deben estar tranquilas, ser felices, y si eso implica separarse y buscar otra pareja, meterse a monja o asumir que eres gay, tienes que hacerlo. Si no eres feliz, ¿por qué no vas a poder modificar la vida? Además, si te mantienes en esa infelicidad, tarde o temprano te va a pasar la cuenta. Con hijos debe ser distinto. Aunque mira alrededor: cuántos son hijos de papás separados y son inmensamente felices. Creo que es un error cuidar la familia a costa de la felicidad de las personas.
—¿Y con Tiago cómo están?, ¿el matrimonio es tema?
—Estamos súper bien, nos divertimos. No tengo ninguna necesidad de casarme, pero tampoco es algo que esté tan lejano ni que rechace. Estamos tranquilos. Casarse lo valoro mucho. Me parece precioso. Pero no me preocupa ahora. Tal vez algún día voy a querer.
—¿Es verdad que le tienes miedo a la maternidad?
—Sí, me da un poco de pánico. No es que tenga pavor a convertirme en mamá, sólo que ahora no es compatible con mi vida. Si llegara a suceder no entraría en colapso nervioso ni nada por el estilo. Pero encuentro que es una decisión tan grande que no puede tomarse a la ligera.

NO VE MUCHA DIFERENCIA ENTRE TOMARSE UNA CERVEZA O FUMARSE UN PITO. “Hay drogas nefastas como la cocaína. Son muy invasivas y te cambian la cabeza... Pero si eres responsable, vives tu vida tranquilamente y te quieres fumar un pito, no veo el problema. Claro que los niños, que tienen sus neuronas en formación, no debieran hacerlo, porque se ponen flojos, no terminan de crecer, el cerebro no se les desarrolla adecuadamente”.
Por cosas como ésta le han colgado la etiqueta de rebelde, de niña terrible.
—¿Te asumes como liberal?
—En el sentido de que me gusta que cada persona tenga la opción de elegir cómo vivir su vida.
—¿Estás de acuerdo con el aborto?
—Tal vez en mi vida no, pero no lo prohibiría. ¿Cómo voy a juzgar yo a una niñita de 12 años a la que su padrastro, que es un degenerado, la violó y dejó embarazada? En un país en donde la mayoría de los chicos que se dan en adopción se quedan solos, ¿cómo voy a criticarla? No significa que considere que es llegar y llevar, pero hay excepciones, los casos son particulares. A mí no me gusta que me digan cómo tengo que pensar y me carga decirle a la gente cómo debe hacerlo. Por ahí va mi liberalidad. No acepto las prohibiciones.
—¿Eres católica?
—De educación católica. Fui bautizada e hice la primera comunión, pero no soy practicante...
—¿Y qué te parece el rol que juega hoy la Iglesia?
—Los valores fundadores de la Iglesia son maravillosos: el amor y el respeto al otro creo que todos debieran sentirlos. Pero es una institución que lleva tanto tiempo y no es capaz de renovarse, de ponerse a la altura del mundo en el que vive. Debiera estar al servicio de la gente, vincularse con ella para que esos valores esenciales se encarnen en la sociedad. Sin embargo, sigue tratando a las personas como en la época de las catacumbas.
Aunque ahora está a full en la teleserie, María Ignacia Allamand traspasará este 2008 las fronteras de la televisión. En teatro espera debutar como asistente de dirección, y también volverá al cine por partida doble: a fin de año debiera estrenarse la película argentina Cordero de Dios, donde ella tiene un papel; y comenzará el rodaje de Todas íbamos a ser reinas, dirigida por Marialí Rivas. “No tengo ganas de abarcar demasiadas cosas, pero si surge un proyecto interesante lo estudio”, dice mientras apaga lo que queda de su segundo cigarrillo.
La política no es su tema predilecto, y se queja porque siempre termina hablando de eso. No está inscrita y no tiene en mente hacerlo. Pero no por eso se resta de opinar y cuando se refiere a Michelle Bachelet habla de la presidenta con un respeto que no se compadece con su fama de contestataria.

LE HA TOCADO DIFÍCIL A LA PRESIDENTA. El increíble país que le entregaron no resultó serlo tanto. Yo la respeto de verdad. No me parece que sea incompetente ni que le falte liderazgo. Pero me cayó un balde de agua fría cuando optó por el gobierno paritario. O sea, si hay un hombre más competente para un cargo, ¿no se lo van a dar? En ese momento ella se estaba haciendo cargo de ser mujer por el lado equivocado”.
—¿Crees que le ha jugado en contra ser mujer?
—Absolutamente, lo primero que se oye cuando se equivoca es que lo hace porque es mina, no porque toma malas decisiones. Había algo en su campaña que luego se perdió: el énfasis en que no era un hombre y que no iba a gobernar como tal. A ella le exigieron que tuviera la voz de mando de un hombre. Y enganchó con eso.
—¿Cuál es tu opinión del libro que escribió tu padre, El desalojo?
—No es un tema del que tenga ganas de hablar.
—¿Eres de juzgar a tu padre?
—Por supuesto, como todos.
—¿Políticamente?
—Esa es su pega. Si tu papá es arquitecto te puede gustar o no su casa. El problema es que si yo juzgo su trabajo, altiro estoy de acuerdo con una tendencia o grupo... Y no es así. Mis reproches no son políticos sino personales.

MARÍA IGNACIA ALLAMAND NO QUIERE OLVIDAR. Cree que no es sano. Lo dice con intensidad mientras enciende su tercer cigarrillo de la noche. Habla de los muertos que hubo en el país. De los desaparecidos y de los otros. Habla de un Chile herido que va a seguir estándolo por mucho tiempo. “Creo que esa herida políticamente puede estar superada. Ya no nos dividimos en izquierdas y derechas; nadie sabe muy bien qué es hoy la izquierda y la derecha. Pero el dolor queda, de un lado y de otro. Se transmite por la sangre. Cuando pierdes a alguien que amaste mucho no es fácil olvidar. Y no creo que sea bueno tampoco. No estoy de acuerdo con olvidar. Sí con seguir adelante, con darnos una segunda oportunidad. Es valioso recordar. Es nuestra historia y sería una locura pretender que no ocurrió o querer borrarlo, porque es parte de lo que somos”.
—¿Qué te pasa cuando adviertes que tu padre trabajó muy cerca de uno de los personajes responsables de ese dolor que tú lamentas?
—Creo que es mucho más difícil cambiar las cosas desde fuera. Si piensas de otra manera y estás cerca de esa persona tienes más posibilidades de hacerle ver tu punto de vista.
—¿Crees que tu padre hizo eso?
—Mi padre siempre ha sido muy fiel a lo que ha sentido en los diferentes momentos y honesto consigo mismo. Lo respeto por eso. No siento que trabajar cerca de cierta gente signifique avalar lo que ellos hicieron. Muchas veces tienes que acercarte para provocar un cambio y éstos se producen desde dentro.

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